31 de octubre de 2009

Karl Hoffmann, un médico heroico

Luko Hilje Quirós

Introducción

Hace más de siglo y medio, y tras 51 días de travesía desde Alemania, la noche del 14 de diciembre de 1853 el bergantín Antoinette arribaba a San Juan del Norte (Greytown), en la costa caribeña de Nicaragua. Entre el centenar de pasajeros que colmaban el pequeño buque, venían dos médicos: Karl Hoffmann, a quien acompañaba su esposa Emilia, y Alexander von Frantzius, quien años después se casó y enviudó aquí, y regresaría a Alemania, donde moriría.

Anhelaban ejercer su profesión para mantenerse, y así poder dedicar su tiempo libre a explorar nuestra naturaleza, que intuían rica y exuberante gracias a los prolijos relatos del naturalista y humanista Alejandro von Humboldt, quien en 30 volúmenes describiera sus expediciones de un lustro por varios países sudamericanos, Cuba y México. Compañeros de estudios, así como estudiosos de la naturaleza, en Berlín lo habían conocido ya anciano, y el noble y humilde sabio incluso escribiría una carta de recomendación para ambos, dirigida al presidente don Juanito Mora.

Se la entregaron y se convirtieron en sus amigos personales, tras una accidentada travesía de unas dos semanas bajo torrenciales aguaceros desde San Juan del Norte hasta San José, primero remontando los ríos San Juan y Sarapiquí a contracorriente y después a través de una angosta trocha entre densos bosques, abundantes en peligros, la cual ascendía para cruzar la Cordillera Volcánica Central por el paso de El Desengaño. Pero, a pesar de estas penalidades los augurios eran buenos, pues por fin habían llegado a su tierra de promisión, aunque nunca hubieran imaginado que el imprevisible destino los había traído al crudo y desventurado encuentro con una época de fuego, sangre, muerte y desolación.


En Prusia y Costa Rica

Oriundos de Pomerania, importante provincia agrícola y marítima del reino de Prusia y del imperio alemán, Hoffmann nació el 7 de diciembre de 1823 en Stettin, y von Frantzius el 10 de junio de 1821 en Danzig; hoy sus ciudades natales se denominan Szczecin y Gdańsk y pertenecen a Polonia. Ambos recibirían el título de doctores en medicina en la Universidad de Berlín en 1846, donde sus vidas de estudiantes serían marcadas por las rebeliones antimonárquicas en Europa, orientadas a la instauración de regímenes liberales y democráticos.

Todo ello conduciría a una fuerte represión política, sumada a las migraciones masivas de gente empobrecida, sobre todo hacia América. De recias y profundas convicciones liberales, así como descorazonado ante tal panorama, Hoffmann decidió emigrar hacia Costa Rica, donde residía entonces su amigo Fernando Streber, quien fungía como abogado y secretario de la Sociedad Berlinesa de Colonización para Centroamérica, dirigida aquí por el barón Alexander von Bülow, impulsor de la colonia Angostura, en Turrialba.

Hoffmann se estableció en San José, donde había una numerosa colonia alemana, mientras soportaba una enfermedad crónica -de diagnóstico incierto- que lo había aquejado desde joven, en tanto que von Frantzius lo hizo bajo el cálido clima de Alajuela, debido a una enfermedad pulmonar que padecía. Sus consultorios médicos eran también boticas -de hecho, von Frantzius fundó la Botica Francesa, nombre derivado de “Francius”, cuando años después se mudó a la capital-, así como museos para almacenar los animales y plantas que recolectaban; Hoffmann incluso tuvo ahí una vinotería.

Pronto su prestigio en nuestra sociedad se acrecentó, no solo por sus habilidades como médico, sino también por otros atributos personales. En palabras de su colega guatemalteco Nazario Toledo: “No menos fue estimable el Doctor Hoff­mann por sus dotes sociales: amable y sencillo en su trato; tenía por constitu­ción la dulzura tan precisa en el ejercicio de la medicina, como la caridad que en­gendra un corazón sensible como el su­yo. Muy lejos de ser arrebatado por la ávida codicia de los negociantes en medicina, se atrajo desde luego el afecto y todas las consideraciones de los vecinos del país y extranjeros por su generosidad en el ejer­cicio de su profesión”.

A pesar de su crónica enfermedad crónica y del poco tiempo libre que le dejaba el ejercicio de su profesión, pudo dedicarse a recolectar plantas y animales en lugares no muy distantes de la capital, los cuales enviaba a taxónomos en dos museos en Berlín, y en 1855 escalaría los distantes volcanes Irazú y Barva. Como resultado, escribiría sendos relatos de gran contenido científico y prosa lírica, verdaderas joyas literarias, que son valiosos aportes en el campo de la geografía humana.

Sus notables intuición y capacidad analítica, así como su rica formación científica, le permitieron hacer notables contribuciones en los campos biológico y biofísico (en vulcanología y climatología), siendo el primero en clasificar nuestra vegetación según la altitud. Asimismo, a pesar de la pobre infraestructura científica de entonces, pudo enviar unos 3300 especímenes a Berlín, de lo cual  resultarían descritas numerosas especies nuevas para la ciencia. Como tributo a su incansable labor, unas 40 especies portan hoy su nombre, como el oso perezoso Choloepus hoffmanni, la lechilla (Euphorbia hoffmannianum), el pájaro carpintero Melanerpes hoffmannii y la araña picacaballo (Sphaerobothria hoffmanni). Aunque anhelaba publicar un libro titulado Flora y fauna de Costa Rica, ello se frustraría debido a la guerra y a su implacable enfermedad.


En el frente de batalla

Ante la inminencia del ataque filibustero comandado por William Walker, el 1º de marzo de 1856 don Juanito llamó a las armas, mediante una emotiva proclama. De inmediato, 35 alemanes residentes en San José respondieron con una carta escrita por el médico Franz Ellendorf -gran amigo de Hoffmann-, poniéndose a sus órdenes. Pero, tal era la reputación de éste que, desde la víspera, don Juanito lo había nombrado Cirujano Mayor del Ejército Expedicionario, junto con los doctores Cruz Alvarado Velazco, Manuel María Esquivel y Fermín Meza Orellana, a quienes se sumarían después Andrés Sáenz Llorente, el nicaragüen­se Francisco Bastos y el ayudante Carlos F. Moya.

Ya el 20 de marzo se libraba la primera batalla, en la hacienda Santa Rosa, ganada en apenas 14 minutos por nuestros milicianos, con un saldo de 20 muertos y 31 heridos, quienes serían atendidos por el Dr. Alvarado. En un parte emitido al día siguiente, don Juanito, expresaba a su hermano José Joaquín que “mando a Ud. al Dr. Hoffmann con el practicante Moya y los utensilios que necesita el Dr. Alvarado”. Pocos días después él diría, una vez que los heridos arribaban a Liberia: “siguen llegando y recibiendo los cuidados del Sr. Dr. Hoffmann, que los atiende con un esmero y cariño de padre”. Esta y otras citas tomadas de partes de guerra revelan que Hoffmann actuó siempre con espíritu de servicio, abnegación, don de gentes, humildad y compasión.

Pocos días después, en una escaramuza en La Virgen, Nicaragua, el sargento Félix Jiménez recibiría dos balazos en el hueso de una pierna, por lo que Hoffmann debió hacer la primera amputación. Aunque tenía gran destreza, como lo indica Toledo al consignar que “habiendo hecho un estudio especial de la terapéutica externa, se distinguió siempre por su tino práctico en la pronta y fácil ejecución de las operaciones de cirugía”, puesto que el sitio estaba algo distante de donde acampaba el ejército, la víctima ya había perdido mucha sangre y moriría poco después. No obstante su pericia, puesto que “en aquella época [...] no se conocían entre nosotros los anestésicos”, según el Dr. Sáenz Llorente, esta cirugía debe haber sido terrible para la víctima.

Es posible que entonces se recurriera a embriagar al paciente y se utilizaran navajas o sierras, mientras que para evitar hemorragias las venas y capilares se cauterizaran con aceite hirviendo. Los problemas de cirugías durante la Campaña se pueden comprender mejor al compararlos con los de la Guerra Civil en los EE.UU., iniciada un lustro después, cuando los heridos a veces debían esperar dos o tres días por la falta de médicos, durante lo cual muchos morían. Además, no se podían limpiar las herramientas después de cada operación, por lo que hubo más de 200.000 muertes (más del doble de las debidas a la guerra como tal) causadas por enfermedades derivadas del contagio con los fluidos corporales de quienes las padecían.

Bajo condiciones tan lamentables, lo peor estaba por venir. Porque, ¿cuál equipo médico y con recursos tan limitados podría estar preparado para encarar una tragedia de 500 muertos y 300 heridos en menos de 24 horas? Porque ese 11 de abril en Rivas, ante el sorpresivo ataque filibustero, ni siquiera se había establecido un hospital de campaña, lo cual no se haría sino por la tarde. Serían solamente tres médicos (Hoffmann, Sáenz y Bastos), más el ayudante Moya, quienes debieron enfrentar tan descomunal labor y, obviamente, con medicamentos insuficientes para tantas víctimas.

Sin embargo, en el improvisado “hospital de sangre” hubo que encarar la difícil situación, lo cual los harían de la mejor manera posible. Pocos días después de la batalla Hoffmann elaboraría una lista muy detallada (con el nombre, el grado militar, sitio de residencia, lugar de la herida y la magnitud de ésta: leve, semigrave, grave, muy grave y gravísima) de los 270 heridos ahí albergados, cinco de los cuales morirían en dicho hospital en esos días y otros posiblemente lo hicieron en los días subsiguientes; en dicha lista constan las amputaciones practicadas a siete combatientes.

Valioso testimonio, tras resaltar los méritos de numerosos combatientes, un parte militar del general Pedro Barillier a don Juanito decía “¡y cuánto celo y acierto en los inteligentes cuidados prodigados a nuestros numerosos heridos por el señor Cirujano en Jefe Carlos Hoffmann!”. Pero pronto hubo que pedir equipo y medicinas, pero no sería sino el 28 de abril que se enviarían tres cajas de medicinas desde la capital, llevadas por los médicos Bruno Carranza y von Frantzius.

Estando en tales apremios, sobrevendría lo peor, pues el 20 de abril se manifestaría el primer caso de cólera morbus. Desconociéndose entonces que era causada por la bacteria Vibrio cholerae, y creyendo don Juanito y algunos médicos que era originada por “vapores miasmáticos” propios del entorno de Rivas, se cometió el grave error de ordenar el retorno de nuestras tropas a sus hogares, lo cual diseminaría ampliamente la peste al interior del país, abatiendo el 8-10% de la población.

No obstante la magnitud de esta catástrofe, ya el 12 de mayo Hoffmann encabezaba la lucha contra la epidemia, emitiendo por la prensa consejos atinados, tanto de tipo preventivo (evitar frutas y bebidas fermentadas, consumir reconstituyentes y mantener una actitud anímica positiva) como curativo (un medicamento consistente en gotas amargas vertidas en coñac o vino fino). Hoy se sabe que este tipo de alcoholes y las bebidas ácidas matan al bacilo de manera casi instantánea.

Lamentablemente, su muy deteriorada salud le impediría participar en la segunda etapa de la Campaña, librada sobre todo en el río San Juan, y poco a poco se retiró del ejercicio de su profesión. Al no contar con una fuente permanente de ingresos, en 1858 el gobierno le otorgó una pensión.

En febrero de 1859 los esposos Hoffmann se marcharon a Puntarenas, buscando un clima más adecuado para mitigar su enfermedad, con tan mala fortuna que casi de inmediato su esposa murió debido a una epidemia local de tifoidea. Y ya sin su único bastión afectivo y emocional, la situación de Hoffmann se agravaría, hasta expirar el 11 de mayo tras una agonía de once horas, cuando tenía poco más de 35 años. Poco antes, dictó a su amanuense y paisano Rodolfo Quehl una emotiva carta de despedida para don Juanito, quien el 8 de mayo había asumido la presidencia por tercera vez.

Sería enterrado en el cementerio de Esparza, en una fosa contigua a la de su esposa, como lo solicitara en su testamento. Pero los restos de la joven pareja serían exhumados por Anastasio Alfaro -entonces director del Museo Nacional- 70 años después, en 1929, por encargo del gobierno. Esto se hizo con motivo de la inauguración del monumento a don Juanito frente al edificio de Correos, en la capital, el 1º de mayo. Dos días antes, el 29 de abril, los restos serían inhumados en el Cementerio General, con la pompa pertinente a un General de Brigada.

Esa mañana, una pequeña urna morada con las banderas de Alemania y Costa Rica entrelazadas, recorrió sobre una cureña la capital, seguida por numerosas personalidades. Esto ocurrió ante la mirada de miles de ciudadanos que quizás -distantes en el tiempo- no podían entender a cabalidad los aportes de tan noble ser humano. Pero, inmortalizado en el mármol, el epitafio que reza “Costa Rica / al Doctor Karl Hoffmann / Cirujano Mayor del Ejército en la Guerra Nacional” es el testimonio inequívoco de la gratitud de un pueblo que, hasta la eternidad, venerará el legado y memoria de este genuino héroe, quien desde su campo tanto contribuyera a ganar las cruciales batallas en las que se afirmaron para siempre la independencia y soberanía de nuestro país.


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